04/07/2006

 

Una pequeña parada en el camino, una interpelación fraterna, la sonrisa en silencio llena de sabiduría y comprensión de un maestro, pueden ser el punto de partida para despertarnos de un largo sueño. La conciencia toma cuenta de algo que hasta ese momento ignoraba. En el despertar de la ignorancia, del alma todavía tierna, verde en su transitar por el mundo, pueden descubrirse viejas actitudes vitales, que comienzan a perder su valor, su razón de ser. Hemos transitado viejas experiencias. Durante años aquello que nos sirvió va perdiendo su aroma, sus hojas no tienen brillo y poco a poco, se marchita tornándose caduco y perdiendo todo valor conforme va desvaneciéndose su forma.

 

Pero la forma, que es el vehículo de expresión de tantas actitudes vitales, cuando desaparece también se lleva consigo lo que hasta ese momento nos pareció sustancia, esencia, el elixir de la vida. Con el tiempo nos damos cuenta como lo que para nosotros fue el “aqua vitae”, ese tesoro por el que se afanaron muchos alquimistas, en el tiempo presente se ha transformado en gaseosa sin burbuja. Dicen que todo existe por que es necesario. Y quizás esa gaseosa que despreciamos, es la base de transito, que tengamos que verter sobre nuestro cáliz vital, para acompañar un vino que todavía, en nuestras barricas interiores, no ha alcanzado su maduración. Llegará el tiempo para brindar en la boda de nuestra propia reconciliación, con vinos de otro cariz.

 

Todo tiene su tiempo, todo requiere distancia, todo se da, si permitimos que suceda. La viña no da uva, sino tiene raigambre a la tierra. La savia anda su camino hasta cristalizar en la uva, llevando en su transito, dulzura, amargura, salazón, acritud, acidez, podríamos decir que la savia es sabia, por que encierra en sí la síntesis de todos los sabores, alquimia natural que dará fruto.

 

En eso consisten también los ciclos del existir en el mundo. Si no caminamos pisando la tierra, no podremos absorber con realismo el néctar de cada una de nuestras experiencias. Si nos ocultamos a los rayos de sabiduría que cada vivencia encierra, no podrán fructificar los frutos de nuestro transito. Si pretendemos destilar la savia que nos alimenta, apartar de ella, la amargura, la acritud, la acidez, y quedarnos únicamente con la dulzura y la sabrosa sal de la vida, habremos manipulado y desnaturalizado el verdadero alimento que nos hace crecer. Al igual que la parra, nuestros racimos nacerán pobres, faltos de aquellos elementos que completaban el devenir de nuestra esencia. La esencia debe de ser completa, la esencia no es solo placer, lleva consigo dolor. La esencia no es solo plenitud, es también frustración. La esencia es una formula completa, que en el paciente laboratorio de la vida, sintetizará todos los compuestos, todos los jugos, todas los destilados, hervidos al calor del fuego interno del corazón. Es en ese matraz interno en donde finalmente, sintetizada la vida, la esencia sirve a nuestro cultivo. El alma beberá ese vino místico embriagándose de Vida, con mayúsculas. Desde ese centro daremos finalmente fruto, desde ese centro surgirá nuestro espíritu constructivo y al igual que los maestros albañiles, sabremos que para construir deben de intervenir todos los elementos. El agua (emociones, deseos) como elemento unitivo y congregador para la masa; el mortero, arena, cemento, en definitiva el elemento tierra ( concreción, materialización, realización) el fuego ( voluntad, dirección, transformación) el aire (ideación, planificación, lógica) que aviva y da fuerza al fuego, lo despierta y vigila.

Si queremos dar fruto, es decir, tener un espíritu constructivo, requerimos un espacio en donde construir, ese espacio vacío, la nada, al igual que lo doloroso, son profundamente necesarios para despertar conciencia sobre lo completo, el todo, lo gozoso.