19/02/2005
Educar no es lo mismo que enseñar. Enseñar es mostrar con la conducta propia, con el ejemplo, aquello que tratatamos de inculcar. El niño y el adolescente, son esponjas que se empapan de la realidad cotidiana y de cuantos estimulos reciben de una sociedad cada vez más compleja y sofisticada en el arte de la seducción y la estimulación de las pseudonecesidades. Hace tiempo que los profesionales de la educación, los padres, gente preocupada por una vida consciente y responsable, vienen detectando la complejidad de su propia labor frente a los estimulos que reciben niños y adolescentes y el entorno en el que les toca vivir y crecer. Toda la sociedad actual gira en torno a la sociedad de consumo. Un consumo cuyo mensaje nada tiene que ver con la positiva gratificación del esfuerzo, el trabajo y la obtención de aquellas necesidades básicas que nos ayudan a desarrollarnos como seres humanos íntegros y completos.
El panorama que se nos presenta es complejo y muy paradójico, por cierto. Niños que nadan en la sobreabundancia de cosas y objetos. Esta sociedad ha convertido a los niños en un experimento de Ivan Pavlov. Los niños son perros (con perdón de la expresión) a los que se les procura un estimulo y se espera a conocer su respuesta. Conocidas las respuestas y estudiada la psicología adulta durante años, el niño es doblemente infuenciable y manipulable, creando en ellos pseudonecesidades con mucha mayor facilidad, puesto que como por todos es sabido, los niños carecen de experiencia y no tienen un criterio formado, una capacidad de discriminación, hasta que no se desarrollen.
Esta estimulación del consumo compulsivo y de la promoción de las pseudonecesidades se ve reforzada, por padres acomplejados, que en su infancia no vieron cubiertas sus necesidades más básicas, y se prometieron así mismos que a sus hijos “ no les faltaría de nada”. El niño recibe una sobrestimulación preparándolo para el consumo compulsivo. Él, que sabe que su padre no establece limites, que conoce los mecanismos del chantaje emocional y “la debilidad psicológica hacia la privación” de sus padres, hará todo lo posible para obtener aquello que en los anuncios, irradia felicidad. Los gabinetes publicitarios, que cuentan con antropólogos, psicólogos, sociólogos y expertos en el conocimiento del estado actual de la sociedad y de sus puntos débiles, han sabido durante décadas “crear y buscar la necesidad”. El giro de tuerca lo hicieron en el mundo del marketing, cuando se dieron cuenta que crear pseudonecesidades como valores sustitutivos de carencias emocionales, aumentaría extraordinariamente el consumo. El mecanismo es simple. Se dota al producto de cualidades humanas, de valores, se programa el inconsciente de las personas haciéndoles creer que un perfume les da el poder de seducción y conquista, que un coche les dará la libertad que tanto ansían, que un detergente liberará a las mujeres, que una crema antiacné, solucionará los problemas de relación a los adolescentes. Especialmente perversa fue una campaña que una marca de ropa infantil lanzará hace unos años, expresando textualmente, que vistiendo esa marca, se hacen amigos. Pero es justamente en esta perversidad, en la gravedad de esta manipulación donde encontramos el verdadero antidoto, la verdadera medicina para curar al niño, de su conducta compulsiva, para despertar en él al ser integro que es en potencia. Las pseudonecesidades parecen imprescindibles, pero son eso, pseudonecesidades. Estan sustituyendo lo que realmente necesita el niño. Son un producto adulterado.
El consumo es el mejor bioindicador humano, sobre los niveles de ansiedad e insatisfacción que existen. ¿ Insatisfacción? Los niños y adolescentes de hoy en dia lo tienen todo. Tienen abundancia material y además es ilimitada. Es por hay por donde hay que empezar. Estableciendo limites, pero cuando son todavía muy niños. Reparar los daños causados por ignorancia durante la infancia a un niño, es complejo. El niño tiene formada su personalidad y los patrones de conducta hacia los siete años de edad. Pero esa sobreabundancia material es inversamente proporcional a las carencias psicoemocionales del niño y el adolescente. Esto crea niños desequilibrados, niños enfermos de ansiedad y stress.
Esa ansiedad e insatisfacción proviene justamente de la desorientación de un alma ansiosa por desarrollarse. Si desarrollamos únicamente el mundo material, el mundo emocional de estrato más bajo, el de los deseos y las pasiones compulsivas, existe un gran vacío interior, que trata de llenarse. Es desde ese estado de confusión e incapacidad de discriminación existente, desde la sobre-estimulación, desde el que se actúa. Las verdaderas necesidades de amor, cariño, sentido del esfuerzo, aprendizaje de los límites, autovaloración y respeto propio y mutuo, no son fáciles de llenar. El hueco y el vacío emocional y cognitivo generan esa ansiedad, es desde hay que aparece el sucedaneo. Y los niños y adolescentes, buscan calmar su dolor, su incomprensión, su estado de confusión, sedar las heridas abiertas que significan la falta de afecto, amor y presencia de padres demasiado ocupados a su vez, en llegar a fin de mes, en atender sus trabajos y responsabilidades, en generar el capital necesario para dar la talla en cuanto status social, y ni tan siquiera eso, quizás tan solo en hacer frente a las sangrantes letras del banco, para poder pagar la casa en la que viven. Los que manejan los hilos del mercado lo saben. Venden la solución rapida y sencilla. Consuma y regale “productos materiales que tienen cualidades humanas y valores”. Es como una aspirina emocional, para quitar el dolor de corazón. El dolor de cabeza puede desaparecer momentáneamente con la aspirina. Y la necesidad de afecto y atención de un niño puede ser sustituida y el niño distraido y narcotizado por un tiempo. Pero al igual que el dolor de cabeza volverá a aparecer por que es tan solo el síntoma de una causa más profunda, las cosas como pseudonecesidades nunca podrán sustituir las necesidades verdaderas ni solucionar como aspirinas emocionales mágicas, el verdadero origen del problema.
Si damos a probar al niño la verdadera medicina, su consumismo compulsivo quizás no desaparezca, pero su estado de ansiedad, su desesperación, probablemente se reduzca. Cuando uno prueba un chocolate 100% cacao, probablemente comience a diferenciar el chocolate del sucedaneo. Y en la capacidad de discriminación y conocimiento, en la diferenciación se puede desarrollar la voluntad. Y tambien la libertad. Y el niño puede elegir, si prefiere unas manos amorosas y una mirada complice, a un nuevo juguete frio, con el que jugar nuevamente solo, en un rincón, sin el calor y el abrigo que solo los seres humanos pueden darle.
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